Desde siempre, recuerdo a mi padre con su típica barriguita cervecera. Mi padre nunca no ha sido un gran deportista pero yo creo que heredé los genes de mi madre que siempre ha sido una persona dinámica y activa.
En el primer equipaje de fútbol que tuve, se confundían los pantalones con las medias, el balón me llegaba a la altura de la rodilla y eso que siempre he sido bastante alto para la edad. De bien pequeño, empecé con el fútbol, jugando de central, de aquellos que no paran de correr por todo el campo detrás de la pelota. A medida que iban transcurriendo los años, me iba dando cuenta de que el fútbol no era un deporte que me llenase, jugaba porque jugaban todos mis compañeros de clase, pero la verdad es que no me satisfacía. Pronto llegó uno de los primeros momentos decisivos de mi vida y, sin saber muy bien por qué, opté por dejarlo. Un amigo, unos años mayor que yo, me habló del remo, me dijo que era un deporte muy bonito y a la vez muy duro. Recuerdo una frase suya, que tengo presente en mi mente hasta el día de hoy: “Todo sacrificio tiene su recompensa” y es así como empezó todo.
La primera temporada de remo fue durilla. Ya se sabe que los comienzos son difíciles. Todo me quedaba grande, los botes, los nombres técnicos, los nuevos compañeros y algún que otro remojón en las frías aguas del mar en pleno mes de febrero, que me hacían cuestionar un poco la continuidad como remero. En las competiciones oficiales de triunfos y medallas nada de nada. Una primera temporada para olvidar.
La segunda temporada empezó de una manera muy diferente, con más ganas y mejores perspectivas. Los cuatro infantiles de segundo año de por entonces hicimos buena piña. Entrenábamos duro, pero a la vez nos lo pasábamos bien, y en la última prueba de la temporada, en el campeonato de España, conseguimos el primer gran triunfo, una deseada, y creo que merecida, medalla de plata.
Al año siguiente, por cuestiones de edad, cambianos de categoría, pasamos a ser cadetes de primer año. Cuando eres de primer año compites con remeros un año más mayores que tú, y esta diferencia se nota mucho, sabes que será un año en que, seguramente no te vas a comer nada. Esto, y otras cosas, desanimaron a mis tres compañeros que poco a poco dejaron de entrenar. A mitad de temporada los entrenadores me pusieron con Roman, un cadete de segundo año con el que tendría que terminar la temporada. Éramos por aquel entonces los dos únicos cadetes del club y, quisiéramos o no, nos tendríamos que llevar bien. Los entrenadores nos animaban, nos decían que teníamos posibilidades. El cinco, seis y siete de julio de 2012, se disputó el campeonato de España en la ciudad andaluza de Sevilla.
Era pleno verano y hacia muchísimo calor, rondaban los cuarenta y cinco grados. El río Guadalquivir acogió a un gran nombre de participantes de diferentes categorías y comunidades: Catalunya, Andalucía, Asturias, País Vasco, Aragón… Aquel año se presentaron más de 400 embarcaciones y entre esas el doble scull con Román y yo. Nuestros entrenadores eran Miguel y Andreu. Miguel, un señor de mediana edad, ex remero y ex campeón de España en varias ocasiones, con grandes conocimientos sobre el mundo del remo y muy aficionado al tabaco, cosa que le recriminábamos todos. Andreu, también ex remero de la selección española, que formó parte de muchos votes ganadores, entre ellos un cuatro sin ganador del mundial y que por primera vez ejercía como entrenador en el club donde empezó y para el cual remaba yo, el club náutico Sant Carles de la Ràpita.
Fuimos pasando las diferentes tandas eliminatorias y conseguimos llegar a la final B. Por desgracia, nos tocó con equipos muy fuertes como el Amposta, Sevilla y Guadalquivir, formados todos por cadetes de segundo año y, la verdad, es que no estuvimos a la altura. Los nervios nos impidieron hacer una buena regata, incluso entrenadores de otros equipos que nos conocían y controlaban se quedaron sorprendidos de nuestro bajo rendimiento. Finalizamos en segunda posición a dos segundos del primero. Al terminar la regata y ver a otros compañeros no pude más y empecé a llorar. Segundos en la final B no era un mal resultado, pero no pudimos cumplir el objetivo que teníamos marcado, meternos en la final absoluta.
Teníamos por delante nueve horas de viaje en autobús hasta la Ràpita. A mitad de camino, recuerdo que se sentó a mi lado Andreu. Los dos empezamos a hablar de todo un poco, de los resultados conseguidos, de las amigas, de nuestras familias, siempre he tenido buena relación y mucha confianza con él. Nos sinceramos y me pareció oportuno contarle cosas que me rondaban por la cabeza, planes de futuro para conseguir mis sueños como remero.
Unos pocos meses atrás, cenando en casa con mis padres, me preguntaron cómo me iba en el mundillo del remo, y cómo me encontraba de ánimos en general. En el recién celebrado campeonato de Catalunya no me había ido muy bien. Les comenté que. por varios motivos, esa temporada no me encontraba a gusto: éramos poca gente en el club, el material era muy viejo y lo más importante, había tenido la oportunidad, por cuestiones de los estudios, de conocer y entrenar en otro club. Me rondaba por la cabeza cambiar de club.
Tengo que decir que a mi madre no le sentó muy bien la propuesta. Ella prefería que yo remase y representase a la ciudad donde nací, pero me comprendió y me dijo que adelante, que ella siempre estaría a mi lado, en los buenos y en los malos momentos.Todo esto es lo que le transmití a mi entrenador. Mi gran problema era que me encontraba muy a gusto en mi club y con Andreu, pero tenía la extraña sensación de que si continuaba con el Náutico de la Ràpita no progresaría todo lo que yo quería. Estaba la selección Catalana, la Española, los mundiales y, por qué no, puestos a soñar, en unas olimpiadas.
Andreu se sorprendió y se entristeció, pero a la vez también me entendió. Él mismo había pasado por esta situación, la necesidad de abandonar su club de siempre en donde había tocado techo e ir en busca de un club que le ofreciera más posibilidades. Él, como buen entrenador, me dio su sincera opinión, me dijo que aguantase una temporada más, que aún era joven y tenía cosas que hacer en el club. Por mi cabeza, hacia tiempo que rondaban ganas de cambios, pero mi corazón no lo tenía tan claro.
Unos días después, hablando los dos sentados frente al mar, le comuniqué mi decisión de dejar de entrenar con la Rápita e ir en busca de otro club. Al decirle esto, se quedó sorprendido, sin palabras, sin moverse durante un largo minuto. Me dijo que hacía mal de irme ese año, pero que era libre de hacer lo que quisiera. Añadió que me lo pensase hasta el comienzo de la siguiente temporada.
Comencé la temporada con mi club de siempre, pero a las pocas semanas mis sentimientos estallaron y tomé la decisión de cambiar definitivamente de club. Durante un tiempo, mis entrenadores de siempre dejaron de saludarme, les dolió que cambiase de club. A mí también, pero estoy seguro de que hice lo correcto y de que, en el fondo, ellos me comprendían y también compartían esta decisión.
En fin, siempre es mejor arrepentirse de las situaciones en las que se ha fallado que fallar arrepintiéndose de las decisiones que no se tomaron nunca.
Andreu Elias Beltri
4r ESO E